TWITTER

lunes, 18 de septiembre de 2017

El precio de la farsa



La última aportación de María Soraya al problema catalán ha sido, como es marca de la casa, una boutade: para afear a los rebeldes una conducta sufragada por el Estado que consiste en liquidar a su manera y en su feudo el Régimen del 78, la señora les ha dicho ¡con tanto trabajo que nos costó conseguir las libertades! Obviamente, y al  margen de que María Soraya usa el plural mayestático, pues cuando el Caudillo fue llamado por el Altísimo ella gastaba chupete, el reproche no tiene un pase, pues las libertades llegaron solitas, o de la mano de las Cortes franquistas, tras la muerte en la cama del Jefe del Estado.

Se principia falseando la Historia para encubrir extraños complejos de culpa y se acaba haciendo el juego a los enemigos del propio sistema, que de la falacia del coste de las libertades y la lucha antifranquista-que fue una oposición tan dura como la que sufre el régimen norcoreano de Kim Jong-Un-a la afirmación de que con Franco no se podía hablar catalán sólo hay un paso, el de la perversión del lenguaje, pero María Soraya es abogada del Estado, y colegas suyos fueron los amanuenses de un texto constitucional que nos legó el engendro perverso de nacionalidades y regiones. Y qué es una nacionalidad sino una nación, se pregunta el vulgo inocente mientras escucha aterrado a sesudos tertulianos hablar sin parar de un 155 que brota de la misma fuente que las nacionalidades. Todo, pues, es una farsa, una estafa, o un disfraz.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La procesión del silencio



Javier Arenas, del que no se conoce oficio pero sí mucho beneficio, ha dicho sobre el contencioso catalán que la minoría silenciosa tiene que reaccionar ante la minoría extremista. La sentencia no deja de tener su gracia viniendo de un senador que si por algo se caracteriza desde hace muchos años es por ir a tan ilustre cámara de próceres a trincar el sobre mensual y no abrir la boca, pero también es una demostración de la actitud de su partido y del gobierno en este cansino problema: no hacer nada y que sean los afectados los que planten cara al desafío separatista.

Uno pensaba, en la tradición más liberal de las grandes naciones y asumido que los ciudadanos carecen del monopolio de la fuerza legal y tampoco tiene derecho a portar armas, que la cosa era al revés, que es la mayoría silenciosa la que se encomienda al gobierno para que no se impongan los extremistas, pero para el ínclito e incombustible Arenas-en la misma senda que su compadre Albiol, que se va del escaño abandonando la bandera-ha de ser esa mayoría silente y doliente la que se enfrente a los rebeldes sin más coraza que su excelente talante democrático, cara bonita y anchas espaldas. Sólo la gracia andaluza de nuestro senador tolera tamaña estupidez.

martes, 12 de septiembre de 2017

El cafelito



Pensarán ustedes, queridos compañeros de esta Legión, que me he aficionado a la inefable Sánchez Camacho, pero es que si uno debe resumir este sainete de la independencia tiene muy complicado hacerlo de manera gráfica sin recurrir a la fotografía de esta señora, amén de la no menos inefable Levy, con el rebelde Puigdemont y el cafelito de marras. Y decimos sainete porque visto el buen rollito y las risas y aplausos entre los actores, mucho de cómico tiene esta historia, tanto que uno ya duda del numerito consistente en abandonar los escaños y dejar las banderas, inclinándose por creer que era otro elemento más de un atrezzo ya insoportable, en este caso para la hazaña de una vieja podemita que, con cachondeo generalizado, trincaba esos símbolos en una sala que ya era un manicomio.

Quizá quede gente que todavía, con un poco de razón pero con mucha ingenuidad, invoque a Churchill con el reproche a Chamberlain, deshonor y guerra a la vez, pero es algo demasiado  serio, por histórico, acudir a personajes que son patrimonio de grandes naciones. Aquí, mucho más mediocres, tras un intento de secesión en toda regla, unos y otros toman un café que, para desgracia del vulgo, no es para todos, sólo para ellos, por lo que la única cita de la que se puede echar mano es, mutatis mutandi, la de aquel ilustre catalán, Josep Pla: ¿y esto quién lo paga? Fácil es la respuesta.