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jueves, 14 de diciembre de 2017

Odia el delito



La máxima socialdemócrata en el ámbito penal vuelve a cobrar triste protagonismo tras el asesinato de una persona por llevar unos tirantes con los colores de la-todavía-bandera nacional. El presunto criminal, pura coincidencia, pasó cuatro años entre rejas por dejar tetrapléjico a un guardia urbano de Barcelona, y una vez reinsertado asesina, presuntamente, a golpes a un hombre al que consideraba un franquista, que ya es sabido que Franco no ha muerto hasta que lo diga el duopolio televisivo. Cuatro años, curiosamente, es la pena impuesta a uno de los que entraron en la librería Blanquerna a dar unas voces y algún empujón, pero con el agravante de odio, martingala legal que nos llevará, en espiral infinita y ridícula, a castigar con saña incluso a los que odian el delito y compadecen al delincuente: ¡será por pleitos y ropones!

Dicen que la muerte iguala a todo el mundo, pero ello sólo es así en lo puramente biológico, no en lo jurídico, y menos en lo político, donde la relevancia reside en haber luchado mucho-doctrina sorayesca-para traer la democracia a España, méritos que no atesora aquel franquista que luce tirantes rojigualdos. Descanse en paz Víctor Laínez, y que la tierra de un país miserable le sea leve.

lunes, 11 de diciembre de 2017

De la falsa intervención



Que la aplicación suave del 155 traería situaciones surrealistas era una verdad incuestionable que hasta los flabelíferos del gobierno reconocían entre tertulia y tertulia. La televisión autonómica en permanente agitación, los maestros con el agit-prop de toda la vida y hasta los bomberos catalanes, a lo Fahrenheit 451, acudiendo en procesión a Bruselas para homenajear a un Fuigdemont que todavía puede ganar unas elecciones que jamás debieron convocarse: la vida sigue igual. Ya decía Rajoy que el dichoso artículo era muy complicado, de ahí que acorralado por las circunstancias y haciendo gala de su talante morigerado optase por meter sólo la puntita, nada más.

Y surrealista, entre otros, es el episodio de las obras de Sijena, ya que una autonomía presuntamente intervenida no debería permitir que uno de sus delegados de cultura amenace con quitar servicios sanitarios a Aragón si el traslado se consuma. Pero así esta España autonómica del Estado de partidos, la misma que propicia que si un padre exige que su hijo se escolarice en castellano en la región valenciana reciba como respuesta del director del colegio que lo mejor es que se lleve al niño a Cuenca, que también existe. Tamaña y gentil recomendación encierra en sí misma una idea de nación que, desprovista de mecanismos de defensa, no es que esté invertebrada, es que está descabezada. Pero lo importante, cantan los flabelíferos, es el traslado a Sijena, que demuestra que la ley se cumple, y se acata, como los excarcelados por el juez Llarena acatan el 155.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Déjà vu



La decisión del juez Llarena de retirar la euroorden contra Puigdemont y resto de fugados nos aboca a un limbo jurídico y político de difícil solución que puede eternizarse. En otra época ya muy lejana, con el prófugo muy lejos de la vieja Europa, quedaba el recurso de montar una película barata de espías, falsos papeles y entregas pactadas por televisión, pero hoy día, cuando todo se ventila con esa asepsia de la que hace gala el citado juez, las cosas resultan mucho más complicadas. Queda la esperanza de que el tránsito por ese limbo sea amenizado por alguna fotografía de los huidos en situaciones embarazosas, algo que si bien es complicado, véase la pinta de casta que luce la señora Ponsatí, no debe descartarse del todo, que del seny a la rauxa sólo hay un paso.